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Descripción

En estos extraños poemas del estrago canta una voz difícil. Nana del maldolor y la tristeza —que, se diría, a su modo buscan conjurar—, los versos de Carla Chinski engarzan el equívoco de un cuerpo hecho jardín para la muerte, un cuerpo físico hasta la aflicción, abierto por demás a las fuerzas que transforman y destruyen. Hablan estos poemas, entonces, un idioma salvaje y herido —su herida es de amor—, que deja, sin embargo, también lugar para el silencio, esa otra forma suntuosa del duelo. Brillante como una pequeña espada forjada en filigrana por “el hilo de la palabra / que hace de este mundo / más de lo que es”, este libro, en su gesto severo y a la vez vulnerable, trae su luz rara para recordarnos, como en sueños, que “todo bosque que arde, toda vida / que se quema / encuentra su límite en el caudal del río”.

 

Sonia Scarabelli

 

MI MADRE NO ESTÁ MUERTA pero

su muerte me lleva

a un estado poético,

como si tuviera

espadas en vez de brazos

con los que luchar por ella.

Estoy maravillada

por el espectáculo de su cuerpo.

Me hace entrar en un ensueño:

estoy atenta a todas las cosas,

cada acción parece encadenarse

a la siguiente con la paciencia

de la línea en un verso nuevo.

Tengo la tentación

de verla con otros ojos,

no son los de una hija

sino de aquel que ama,

completamente desolados

y a la vez innecesarios.

Me asombro

por lo que puede hacer,

sabiendo que ella

florecida de vendas,

pronto acabará.

Caerán las bombas

sobre su bosque

construido de familia.

Mi compasión por ella

está atada a la sangre,

y eso es demasiado poco.

Pero si me acerco

puedo oír que a través suyo

murmura la muerte

en su propio estado poético:

solo entonces

escribiremos juntas.

 

 

 

MI MADRE NO ESTÁ MUERTA pero

ya no puede caminar.

Pronto le sacarán

la otra cadera también

y en su lugar vendrá

una bola de metal

inserta en el hueso.

Quiero mantener el espacio

que su cuerpo ocupe,

cultivar el pie de su cama

como un jardín budista,

rastrillando las piedras

para calmar el vacío.

Los mecanismos

siguen funcionando,

es una vieja historia:

algo entra, algo se va, y algo queda.

Caminar no es para tontos,

es el acto más delicado

que pueda existir.

En ese acto está la historia

de una persona

o al menos la vida de mi madre:

el cuerpo no quiere levantarse

pero ella no ha terminado,

y en esa paradoja

se encuentra esta noche.