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Descripción

Los personajes de Magallanes que tejen las historias asoman de un inmenso universo de (cómo no imaginar a Marco Gabán con una musculosa de la cara de Prodan) perdedores hermosos: los vengadores de la Patagonia que buscan la redención de Estela, los pibes de Plaza Rocha que se juegan a penales la camiseta de su ídolo o el Jesús Messi remisero que voltea la inundación del 2 de abril con el vacío con pan del “Chaperío” del barrio peruano. Historias universales, ancladas en la inevitable experiencia platense del autor.

Y lo hace con las marcas de una, consistente aunque excesiva por trazos, descripción lacónica que actúa como el cross al mentón que dispararía cualquiera de esos mismos personajes. Pero lo atrapante no es sólo el modo, sino el surco que la riega: el autor resuelve la ambivalencia sin sobrescribir lo ya dicho y abre la mejor tradición para el lector, la de dejarse llevar por la imaginación.

Cito a Omar Crespo: “Me cuesta leer la impuntualidad como sinónimo de ‘marginal’”. La impuntualidad, dice, “funciona como abrazo contenedor del libro”; como un hilo conductor, agrego, de los que, por convicción y elección, prefieren el riesgo del barro cotidiano a la fiesta de la victoria fácil. La impuntualidad no es un rasgo de época, sino un estilo de vida: se hace lo que se puede con lo que se tiene a mano. Son los que van a riesgo, a tener que cumplir y hacer las cosas a tiempo con exactitud racionalista; esos que si ven la solución de vida a la vuelta de la esquina, cruzan de vereda, barajan y dan de nuevo: los impuntuales protagonistas de Magallanes con los que es imposible no identificarse. Vivir sólo cuesta vida, claro.