| 1 cuota de $26.900 sin interés | CFT: 0,00% | TEA: 0,00% | Total $26.900 |
| 2 cuotas de $16.071,40 | Total $32.142,81 | |
| 3 cuotas de $11.159,01 | Total $33.477,05 | |
| 6 cuotas de $6.362,29 | Total $38.173,79 | |
| 9 cuotas de $4.731,41 | Total $42.582,70 | |
| 12 cuotas de $3.981,20 | Total $47.774,40 |
| 1 cuota de $26.900 sin interés | CFT: 0,00% | TEA: 0,00% | Total $26.900 |
| 1 cuota de $26.900 sin interés | CFT: 0,00% | TEA: 0,00% | Total $26.900 |
| 12 cuotas de $3.640,01 | Total $43.680,22 |
| 3 cuotas de $9.823,88 | Total $29.471,64 | |
| 6 cuotas de $5.292,12 | Total $31.752,76 | |
| 9 cuotas de $4.344,64 | Total $39.101,84 | |
| 18 cuotas de $3.018,77 | Total $54.338 |
| 1 cuota de $30.926,93 | Total $30.926,93 | |
| 6 cuotas de $5.735,08 | Total $34.410,48 |
| 3 cuotas de $10.308,97 | Total $30.926,93 |
| 3 cuotas de $11.119,56 | Total $33.358,69 | |
| 6 cuotas de $6.347,50 | Total $38.085,02 | |
| 9 cuotas de $4.891,01 | Total $44.019,16 | |
| 12 cuotas de $4.144,16 | Total $49.730,03 | |
| 18 cuotas de $3.452,16 | Total $62.139 |
| 1 cuota de $26.900 sin interés | CFT: 0,00% | TEA: 0,00% | Total $26.900 |
| 3 cuotas de $9.798,77 | Total $29.396,32 | |
| 6 cuotas de $5.336,51 | Total $32.019,07 |
| 3 cuotas de $10.379,81 | Total $31.139,44 | |
| 6 cuotas de $5.776,32 | Total $34.657,96 |
| 9 cuotas de $4.399,64 | Total $39.596,80 | |
| 12 cuotas de $3.694,49 | Total $44.333,89 |
| 9 cuotas de $4.975,60 | Total $44.780,43 | |
| 12 cuotas de $4.344,35 | Total $52.132,20 |
Tal vez no haya habido, en la historia del pensamiento del siglo que pasó, un libro tan leído y “agenciado” como propio por los filósofos. Y esto se vuelve aún más notable por el hecho de que se trata de un libro escrito por un no-filósofo. En efecto, estas “andanzas”, del etólogo estonio-alemán, fueron celebradas por sus contemporáneos Cassirer, Heidegger, Husserl, Ortega y Gasset, luego por Merleau-Ponty, Canguilhem, etc., más cerca por Deleuze, Lacan, Sloterdijk, Agamben, Latour.
Andanzas que describen los mundos animales, pero no a partir del sujeto humano como referencia primera y última, sino a partir de sí mismos. ¿Cómo es posible? Solo a través de la invención de un concepto, el de mundo circundante, el cual implica un enorme esfuerzo por aprehender objetivamente, y no antropológicamente, la existencia y la vida de los animales.
La distinción clave es entre los mundos circundantes, esas especies de burbujas donde cada ser es rey, territorio donde siempre resulta triunfador, donde el animal actúa y percibe conforme al plan de la naturaleza; y el entorno más amplio, en el que comúnmente nos perdemos en una señalética profusa y confusa, donde el signo se escinde de la cosa, y donde a fin de cuentas siempre perdemos, perdemos nuestro mundo circundante.
Las consecuencias de este concepto son incalculables, y exceden el gran golpe que en su tiempo significó, como parte de la batalla que libraba la biología contra la fisiología y el evolucionismo. Por eso el fervor de los filósofos. Pero también las infinitas derivas ético-políticas de vislumbrar, por ejemplo, las andanzas de una pequeña garrapata: Toda la riqueza del mundo en torno de la garrapata se contrae y transmuta en un cuadro menesteroso, que consiste principalmente de apenas tres signos perceptuales y tres signos efectuales –su mundo circundante–. La pobreza del mundo circundante, sin embargo, garantiza certeza en el obrar, y la certeza es más importante que la riqueza.
